sábado, 5 de diciembre de 2009

anécdota vergonzante 1

Pues como nadie se ha animado a enviar algo para su publicación (del concurso no sé... Será cosa de preguntarle al jurado si alguien ha enviado algo)... Me veo obligado a publicar...

LA GRITONA

Esta historia se basa en un hecho real, los nombres de los personajes son omitidos y algunas situaciones han sido cambiadas, para proteger al escritor de la furia de quien no se sabe si lee estas líneas.


Sucede a veces que uno tiene que volver al claustro materno.

No es tarea de estos párrafos el explicar los cómos y por qués de la depresión de su protagonista, pero baste decir que ante la posibilidad de una vida alimentada a base de sopas instantáneas y pizzas a domicilio, él decidió volver al claustro materno. Éste es el punto importante.


Otro punto importante es que él trataba de recuperar la idea de cotidianidad.

No era tarea fácil, por poco más de tres años su mundo había girado en torno a una única presencia... Y ella se marchó de la única forma en que él no podía seguirla. No era tarea fácil y él la hacia mal.

Tratando de remediar la soledad se entretenía en las compañías efímeras...


Este es el contexto y esta es la historia.

Se conocían desde tempo atrás, no es que fueran amigos; sólo conocidos. Coincidían en algunas fiestas y cuando se cruzaban por la calle, se saludaban. A veces, cuando las circunstancias se daban, jugaban a coquetear el uno con la otra y a la inversa, nunca con otra intención que el mero afán lúdico... Hasta esa noche.

Coincidieron en una fiesta en la que sus caras eran las únicas que reconocían entre las de los asistentes. Platicaron, bailaron y bebieron juntos... Terminaron juntos en una cama extraña, conociendo sus sabores un poco mezclados con el del alcohol...


Fue idea de ella.

A la mañana siguiente fue su idea el que, tal vez, convendría conocerse un poco más. Acordaron salir juntos, conocerse fuera del coqueteo inocuo y de la cama. Por una semana fueron al cine, a cenar, a convivir... Ese Viernes, después de salir, terminaron cenando en casa de él.

No era a primera vez que él llevaba una mujer al claustro materno, afortunadamente la casa era lo suficientemente grande como para permitirle estar con alguien sin incomodar al resto de los habitantes... Hasta esa noche.


Todo empezó como empiezan esas cosas, caricias, abrazos, besos... Las ropas sobrando... Casi siempre las palabras son meros acompañamientos, no esta vez... “Llámame perra”, gritó ella... “Dime que soy tu puta”, ordenaba en voz estridente... “Pégame”, “Métemelo por atrás”, “Hazme llorar”...

Consternado y temeroso de que los gritos despertaran a alguien de su familia, aquella noche él no pudo terminar. Ella, exhausta y satisfecha se quedo dormida, él se quedó mirándola dormir, sin haber podido desahogarse.

A la mañana siguiente habló con ella. Le mencionó lo incómodo que sus gritos le habían hecho sentir... No era culpa de ella, le aclaró, sólo que estar en la casa materna tenía su precio y parte de él, justamente, era el no incomodar a quienes bajo el mismo techo vivían (si se ha de ser sinceros, su familia no ha mencionado hasta ahora, muchos años después, nada sobre el particular).

Ella se disculpó, prometió no hacerlo más...

Pasó el tiempo. Se veían poco, tal vez dos o tres veces por semana y, cuando acababan juntos, siempre era en una cama alquilada... Ella no gritaba., de vez en vez él creía adivinar en los gestos, en ese morderse los labios, en el besarlo, en algunas aptitudes, el grito reprimido... Ella ya no gritaba.


“Llévame a tu casa”, le dijo una noche después de un concierto; “prometo portarme bien”.

Al principio todo iba bien. Terminaron juntos, sudorosos y cansados. Ella se durmió en sus brazos y él se quedó mirándola dormir, tan apacible... En la madrugada ella se despertó, medio dormida empezó a besarlo, a acariciarlo, él correspondió; bebió de su manantial y entró en ella... “Llámame perra”, gritó ella... “Dime que soy tu puta”, ordenaba en voz estridente... “Pégame”, “Métemelo por atrás”, “Hazme llorar”...

“Tenemos que hablar”, le dijo él a la mañana siguiente; “y no te va a gustar”...


Algunas veces, pocas a lo largo de los años, ha vuelto a encontrarla... Ella está bien, se casó con alguien de cara desconcertada y tienen dos hijos; parecen felices juntos... Él, bueno, él sigue caminando.


Mario Stalin Rodríguez


Venga, anímense a enviar sus colaboraciones... por favor, por favor... POR FAVOOOOOOR

6 comentarios:

Lograi el Luciérnago dijo...

Joder, qué miedo...

Anónimo dijo...

Sobre todo si es en casa de tu madre. Jó.

Pero no puedo evitar asociar "volver al claustro materno" con "volver al útero". Así que cuando leí "era lo suficientemente grande como para permitirle estar con alguien sin incomodar al resto de los habitantes" pues no podía parar de reirme.

Lo de colaborar, puees, a ver si saco algo de tiempo.

Pd. Que no crean que lo regalan por las esquinas.

John Mismo.

El Jardinero del Kaos dijo...

Ya el titulo prometia "Anecdota vergonzante 1"...eso significa que va a haber una 2, 3...
bueno, siempre se le puede poner la almoada en la boca...

Erk dijo...

Los habitantes del edificio donde vivìa antes de casarme aun me odian.... digamos que yo tenìa una... gatita...

Grace dijo...

yo enviaría algo pero no sé quienes son los Los Habituales (mr)

Gabrielle Dupré dijo...

A ver, yo opino que el chavo se asustó y que mal, si ella quiere gritar pues que lo haga, a mí me gusta decir cosas en esos momentos y me gusta que me las digan, se vale todo.

Ahora bien, jajajjaja, ya me estoy viendo solemne, si es en casa materna, obviamente uno no puede gritar y para empezar, yo no me atrevería a estas alturas de la vida hacerlo ahí, pues las responsabilidades de adulta ya no me dejarían, mejor pues un hotel, motel, calle, coche, apartamento o anyway, yo que sé... pero sigo pensando que los gritos prenden, y mucho.

That´´s it. Yooooo opino eso.

No me extenderé, pues no se trata de un psicoanálisis freudiano y además, el futón o sofá no está ni cerca de mí, en estos momentos.

Jum!